Historia de la perrita Noa. Cuento para niños de perros

Cuentos infantiles sobre las mascotas

Cuando un niño se cría con una mascota, ya sea un perro o un gato, asume desde pequeño al animal como un miembro más de la familia. Se preocupa si enferma, se divierte cuando juegan y se siente acompañado y seguro cuando están juntos.

Si en casa tenéis algún perrito, te proponemos que leas este lindo cuento para niños de perros. Cuenta la historia de la perrita, Noa, la querida mascota de unos niños que, de repente un buen día, no acude a recibirles al volver del colegio. Noa se ha perdido y los niños no saben qué hacer para encontrarla. ¿Qué pasó?, ¿la encontraron? Descúbrelo en este bonito cuento infantil sobre las mascotas.

Cuento para niños de perros: Historia de la perrita Noa

Cuentos de perros para niños. Historia de la perrita Noa 

Cuando Carlos llegó a casa y Noa no salió a recibirle como hacía todos los días se extrañó.  Buscó debajo de las camas, detrás de las puertas, incluso en el interior de los armarios esperando encontrar sus vivarachos ojillos pero, Noa no estaba en la casa.

Salió a la calle mirando en todas direcciones. Fue preguntando a las personas que encontró por el camino pero, nadie había visto a la perrita, era como si la hubiese tragado la tierra. Noa había desaparecido.

La perrita siempre presentía la llegada de los niños y, cuando venían del colegio, ladraba y movía el rabo brincando alegre de un lado a otro en la puerta de casa.

Nicolás, Ian y Diego se miraron extrañados esa tarde cuando no la vieron llegar y gritaron:

— ¡Noa¡, bonita!, ¿dónde estás?

En su lugar apareció su padre con semblante serio.

— Llevo buscándola toda la mañana  — dijo, cuando he llegado  a casa temprano ya no estaba.

Los niños dejaron sus mochilas en el suelo y se dejaron caer en el sillón cabizbajos.

Noa era un cachorro de cuatro meses. Una tarde que iban de paseo y la encontraron gimiendo detrás de unos arbustos en el suelo.  Su cuerpecito blanco con motitas negras, sus largas orejitas, su pequeño hocico, no era de ninguna raza especial  pero, ellos la quisieron desde ese mismo momento. La llamaron Noa y pasó a formar parte de la familia. Pusieron una cestita en la puerta de la habitación de los niños para que no se sintiera sola después de alimentarla con un biberón de leche

Por las mañanas despertaba a los niños a lametazos para darles los buenos días y todo eran risas desde que la perrita llegó a la casa.

Ahora los niños desolados miraban al suelo entristecidos.

— No creo que haya podido llegar muy lejos  — dijo el padre dudando en su interior.

— Dejaremos una nota a mamá y saldremos a buscarla.

Los pequeños enseguida se levantaron ilusionados.

Salieron a la calle y empezaron a gritar:

—¡Noa, Noa!, ¿dónde estás? ¡Noa!

 Fueron mirando en cada portal, en cada rincón, preguntaron a todas las personas que veían a su paso pero, la perrita seguía sin aparecer. Pronto empezó a oscurecer, hacía frío, la nieve que había caído por la mañana empezaba a helarse y, de repente,  a Diego le empezaron a castañear los dientes. Las palabras de Carlos retumbaron en los oídos de los niños cuando dijo:

— Tenemos que volver a casa.

— ¡Noooo!  — dijeron los hermanos protestando a la vez.

— ¡Por favor, papá, un rato más! — dijo Ian suplicando.

— No puede ser, es muy tarde y  vais a enfermar si seguimos en la calle. — dijo, mañana seguiremos buscándola.

Tardaron más de una hora en volver a casa.

Cuando llegaron estaban muy cansados. Ana, su madre, esperaba en la puerta y les abrazó con fuerza.

– Vamos chicos  — dijo, mañana pondremos carteles de Noa por toda la ciudad y aparecerá.

Tomaron un vaso de leche en pijama y se fueron a la cama desfallecidos.

Tardaron mucho en dormirse pensando en la tiritona que debía estar pasando la perrita en una noche tan fría y, deseando con todas sus fuerzas que pronto estuviera jugando con ellos.

— No me explico por dónde se ha podido escapar —- dijo Carlos.

— Vamos a descansar, mañana va a ser un día muy largo,  — contestó Ana.

De madrugada, algo despertó a Nicolás. Abrió los ojos adormecido, se incorporó y zarandeó el cuerpo de su hermano  profundamente dormido.

— ¡Ian, escucha! ,¿oyes eso?

Los dos se quedaron en silencio.

— No escucho nada, ¡déjame dormir! — dijo, pero, de repente:

— Crunch, zap, crasch, zap,zap…

Los ruidos venían de la cocina. Con los cuchicheos se despertó también Diego. 

En fila india, agarrados de la mano salieron al pasillo y atravesaron el salón iluminado por la farola de la esquina de la calle.

Ana también se despertó asustada y llamó a Carlos alarmada.

— ¿Qué pasa?  — dijo él soñoliento.

— ¿No oyes?, ¡hay alguien en la casa!

Se incorporaron tratando de hacer el menor ruido posible. Ana detrás de Carlos, agarrada a la chaquetilla de su pijama seguía sus pasos.

— ¡Aaaaaah!  — gritaron todos al chocar a oscuras en el pasillo.

— ¡Qué susto no habéis dado!

— ¿Qué hacéis levantados a estas horas?  — dijeron los padres dando la luz.

Nicolás les señaló con el dedo en dirección a la cocina y dijo:

— Hemos oído ruidos.

Todos se quedaron de nuevo callados. De repente, volvieron a escucharlos y, efectivamente, parecían salir de allí.

— Crunch, zap, crasch, zap,zap…

Carlos fue el primero que entró en la cocina, miró por toda la habitación pero no había nadie. Esta vez escuchó unos gemidos que parecían salir de la lavadora. Se agachó despacio,  abrió la puerta y, allí estaba  la perrita tratando de salir muy nerviosa y asustada resbalando una y otra vez en el tambor.

— ¡Chicos, chicos! ¡Mirad qué tenemos  aquí! —- dijo a la vez que sacaba a la perrita hecha una bola.

Noa sintiéndose al fin libre corrió alegre a dar lametazos a los niños en sus pies desnudos. Ian y Nicolás  miraban aún sin poderlo creer, mientras, Diego lloraba abrazado a su madre.

Todos acariciaban a la perrita que, demostrando su alegría, brincaba y movía su cola sin cesar corriendo de un lado a otro de la cocina.

— ¡Vaya susto nos has dado Noa! — dijo Nicolás a punto de llorar.

— ¡No vuelvas a hacer esto!  — dijo Ian  mientras Diego seguía haciendo pucheros.

Llevaron a la perrita a la cestita en la puerta de su habitación. Noa enseguida se hizo un ovillo y se tranquilizó sabiendo que era la hora de dormir.

Los tres pequeños se dieron un abrazo riendo y chocaron sus palmas antes de meterse en la cama felices.

— ¡Vamos a la cama!  —dijo cansado Carlos.

— Sí, dijo Ana bostezando  agarrándose a su cintura.

Y volvieron felices a dormir sabiendo que la perrita Noa estaba ahora segura en casa.

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