El Guay en Mali. Cuento infantil sobre la creatividad

Un cuento con valores que muestra a los niños cómo son los juegos de niños de países pobres

Los duendes son personajes mágicos y a los niños les encanta. Guay es uno de ellos. Es un duendecillo de buen corazón y nariz muy roja. Y sin apenas darse cuenta, Guay enseña muchas cosas a los niños. Pero Guay también aprende mucho de ellos. 

El Guay en Mali es un cuento infantil sobre la creatividad. Muestra la realidad de otros niños con menos recursos económicos que utilizan la imaginación para jugar. ¡Fantástico!

El Guay en Mali, cuento infantil sobre la creatividad y la imaginación

El Guay en Mali

Hoy el Guay ha oído unas voces muy lejos, ya sabéis que tiene un oído muy fino y, en un momento, se ha trasladado  hasta Malí, un país muy pobre que está en África para ver lo que sucede.

 Allí se ha encontrado con Aba, Adamar, Gora y Aka, cuatro niños que están jugando descalzos al futbol con una pelota de papel, ¡sí habéis oído bien!, allí no tienen balones ni zapatillas deportivas  como  tenéis vosotros. Los niños  le han contado al guay que sus padres cuando eran pequeños también jugaban con pelotas que se fabricaban ellos mismos.

 El Guay ha jugado  con los niños toda la tarde y, aunque puede volar y correr como un rayo, sin usar sus poderes  ha metido un gol entre las dos piedras que tienen de portería y, ha empezado a dar muchas volteretas en el aire  celebrando su buena suerte y a hinchársele su colorada nariz mientras todos reían a carcajadas.

De repente, un perro ha empezado a correr detrás de la pelota uniéndose al juego y, cuando se han querido dar cuenta, se la ha tragado. Aba se ha reído tanto que le ha dado un ataque de tos.

Luego, cada niño, ha elegido una fina rama de unos arbustos y, a modo de lapicero, han empezado a dibujar figuras de animales en la arena. Aka, ha pintado la cabeza de un león y, entre todos han acordado  que era el más bonito y debía ser el ganador.

Gora y Adamar  han desaparecido  y han vuelto enseguida con dos neumáticos de goma desgastados y, con la ayuda del guay, los han puesto de pie en el suelo. Han jugado, durante un buen rato, a pasar por los agujeros de las ruedas lo más rápido posible sin tirarlas. 

Después de las carreras han acabado tumbados en el suelo mirando al cielo para ver salir a las estrellas y, como se ha hecho tarde, han decidido volver a su casa. El Guay de nariz colorada se ha despedido de los niños prometiéndoles volver.

Y al caer la noche y venir la luna, el Guay se duerme como acostumbra, suspendido en el aire boca abajo, con la nariz colorada  y muy feliz.

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