Una supermamá argentina en Madrid

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En primer lugar os voy a contar que soy una argentina viviendo en España y mamá de dos hijos y medio. La mayor, Inés, tiene 6 años, el segundo, Bruno, 4 años y hay un tercero en camino, que cayó tan sorpresivamente como la lluvia en el desierto.

Somos una familia muy normal: los zapatos se pierden siempre que pueden, aparecen tareas inesperadas el domingo a la noche para el lunes y somos absolutamente capaces de mantener el mismo desorden por tres días seguidos.

La historia de una madre argentina viviendo en España

Una mamá argentina en España

También, somos una familia especial o, mejor dicho, espacial: porque algunos piensan que más que de Argentina venimos de la luna, porque nuestra casa está llena de pictogramas que indican 'baño', 'cocina', 'habitación' como si necesitáramos un mapa para andar dentro de casa. Es en este punto cuando aclaro 'no somos una familia especial, sino extraordinaria'. Y el responsable de esta característica es Bruno. Tiene autismo y eso hace que pensemos, sintamos y veamos cada día desde sitios tan increíbles como inimaginables. Por lo tanto, mi particular forma de vivir la maternidad en la distancia se relaciona mucho con la añoranza, pero también con el agradecimiento.

Los días tienen pequeños momentos, instantes que se abren como grietas y una revelación cae rotunda delante de mis ojos: desearía que mis seres queridos estuvieran aquí para disfrutar de la risa de Inés, de los pequeños adelantos de Bruno, de cómo día a día el bebé que crece dentro de mí aumenta el tamaño de la panza para decir: ¡ya estoy aquí!, quisiera que me llamara mi mamá del súper y me dijera '¿te llevo tomates?' O que apareciera mi hermana para quedarse con los niños.

Cuando era pequeña, mi abuelo me escribió una carta que nunca olvidé: 'Querida Carolina: como quisiera estar contigo, hago un agujerito por el papel y voy para allá. ¡Espérame del otro lado!' Mi abuelo era experto en abrir túneles de papel a través del tiempo y el espacio. Yo siempre quise heredar ese poder, pero no pude. Por eso me conformo haciendo tartas argentinas las tardes de domingo, aunque la cocina se me da fatal; tomando mate aunque a veces sea un poco fuerte, enseñándole a mis hijos fotos y palabras de un lugar muy lejano para que sepan que tienen dos hogares en el mundo.

Cuando Inés tenía dos años me preguntó: 'Mamá ¿yo cuántos países tengo?'  Tienes tres, le contesté: 'España, Argentina e Italia'.  'No mamá, son cuatro' me respondió muy segura: 'España, Argentina, Italia y Madrid'. El 9 de noviembre de 2002, antes de cruzar el océano hacia mi nuevo hogar, mi padre me dijo 'Donde esté tu corazón, allí está tu patria'.  Creo que Inéssí pudo heredar, en su memoria, las palabras de su abuelo. Así de caprichosa es la genética.

Pero los días también guardan un lugar destinado a dar las gracias. En mi caso, las doy cada vez que mis amigos de aquí hacen de tíos, primos y abuelos, aunque no haya niños en su familia. También, cuando puedo disfrutar de los grandes recursos que el Estado pone en marcha para la integración de mi hijo, hoy desgraciadamente en peligro: una escolarización con apoyos especializados, atención en un Centro de Atención Temprana, la voluntad de muchos monitores para que desarrolle actividades normalizadas en las que él pueda enriquecerse con la presencia de los demás y los demás de estar con él. Creo que dar las gracias es uno de los ejercicios más saludables que hacemos… ¡y sin necesidad de ir al gimnasio!

Un amigo de Neuquén, negro como el carbón y singular como pocos, me decía 'una cosa es la distancia y otra muy distinta estar lejos'. Yo creo que, pese las toneladas de agua, a las diferencias horarias y la mezcla de acentos, aún estoy cerca de mis raíces. Y por raíces entiendo los cuentos que me narró mi abuelo en la Patagonia, las noches estrelladas más hermosas que vi en mi vida en la provincia de Río Negro, todas las torpezas que cometí en la adolescencia cipolaña, el dolor que me dejó la mudanza de Buenos Aires, la esperanza y los amigos inolvidables que hice en La ciudad de La Plata. Pero también, estoy cerca de España: del secreto de su tortilla y lo exquisito de su jamón y de todas las personas que tan solo con su presencia me dicen que este también es mi hogar. Porque hoy estas son las raíces de mis hijos, y mi tarea es ayudarlas a que crezcan fuertes para que luego puedan viajar, volar y vivir en cualquier lugar del mundo. Estoy segura que para entonces, ya habré aprendido a hacer túneles de papel.

Carolina Lesa Brown, Periodista, Editora de literatura infantil y juvenil y Promotora de la lectura

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