La historia de su nacimiento: un relato especial para los niños

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Reconozco que una de mis historias favoritas, aquella que mi madre me habrá contado más de mil veces, es la de mi nacimiento. Igual que con algunos cuentos, la historia de mi nacimiento me encantaba que mi madre me la repitiera una y otra vez como les pasa ahora a mis hijos.

Y es que no se qué es lo que me gustaba más, si la peripecia vital que vivieron mis padres el día en el que yo vine a este mundo o la forma en que me la contaba mi madre en primera persona, viviendo en cada relato aquel momento como si hubiera ocurrido hace sólo dos días.

Mamá, dime cómo nací yo

La historia del nacimiento de tu bebé

Ahora es mi hijo quien me pide que le cuente la historia de su nacimiento con la misma insistencia y, fue el otro día cuando caí en la cuenta de que ya se la había contado un millón de veces. Empiezo casi siempre de la misma forma, diciéndole que estaba yo tan tranquilita sentada con mi enorme barriga en el sofá haciendo zapping y ya empieza a reirse. Eran casi las diez de la noche y todavía no habíamos cenado, cuando de repente... algo me hizo levantarme del sofá a toda velocidad, bueno teniendo en cuenta la velocidad con la que yo me podía levantar del sofa con aquella enorme barriga que abultaba más que yo. Era tan grande que casi no podía con ella... y él vuelve a partirse de risa.

Al ponerme de pie, un líquido descendía por mis piernas y formaba un caminito en el suelo mientras me dirigía al cuarto de baño. Era la señal de que venías a este mundo y estabas dejando, como Pulgarcito, miguitas de pan para encontrar después del camino de regreso. En este momento, la mirada y la expresión de la cara de mi hijo volvía a sembrarse de expectación... Mientras tanto, tu padre me preguntaba nervioso, -¿qué hago? Coge la fregona, le dije... y entonces nos partimos de risa. -¿Qué pasó después? Supongo que tu padre borró todas las miguitas que había dejado Pulgarcito por el pasillo con la fregona porque yo, contigo en la barriga, me metí en la ducha. 

Cuando salí de la ducha, tenía un hambre feroz y empecé a preparar la cena. Mientras tu padre ponía la mesa, me decía ¡pero cómo vas a cenar ahora, si vas a dar a luz! Y entonces vuelven las risas, mientras me pide que siga. De modo que le expliqué a tu padre que me quedaba una larga noche por delante y que necesitaba fuerzas para enfrentarme al trabajo de parto. Tu padre alababa mi entereza, mientras estaba hecho un manojo de nervios, parecía que era él quien iba a dar a luz y siendo una novedad para nosotros el parto en aquellas circunstancias de noche y a la luz de una luna llena enorme, no podía entender cómo podía estar tan tranquila. En realidad, me encontraba bien, aún no sentía las contracciones, evidentemente la expulsión del bebé lleva su tiempo y no había por qué preocuparse. 

Cuando terminamos de cenar, le entraron las prisas. Vamonos, vamonos ya que viene. ¡Qué estrés! ¿Has cogido la bolsa? ¿Llevas los papeles? ¡Uyyy! Las llaves del coche, ¿dónde las he puesto? decía, mientras se tocaba todos los bolsillos... Pero yo estaba feliz, relajada y tranquila, sabía que tú estabas bien, estaba preparada para lo que tenía que hacer, sabía que estabas dispuesto a nacer ese día, bueno al día siguiente, porque entre unas cosas y otras llegamos a media noche a la clínica de maternidad. Eran alrededor de las doce y cuarto de la noche... 

Después del reconocimiento, los médicos me confirmaron que todo estaba bien, que había empezado ya dilatar y cada media hora me revisaban. Tu padre se quedó tranquilo y hasta se durmió. ¡Qué alivio! Pasé toda la madrugada soñando contigo, con cómo serías, estaba deseando conocerte y ver tu carita. A las seis de la mañaña, por fin, me llevaron a la sala de partos y a las siete menos veinte te sentí sobre mis brazos por primera vez. Entonces subiste la cara hacia mi, abriste los ojos y me miraste. Tus ojos se clavaron en los míos como dos flechas de amor y esta semilla ha crecido desde entonces. Así fue cómo naciste tú. Y siempre me contesta, ¡ay mami!

Marisol Nuevo.

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