Los niños tienen que experimentar con la comida

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Últimamente siento que tengo un gran debate interno. Es como una lucha entre el bien y el mal, pero más de andar por casa y, como no podía ser de otra manera, protagonizada por mi hija de 16 meses. Soy consciente de que la niña en cuestión se va haciendo mayor y reclama cada vez más independencia… pero no es eso. No es que no quiera que crezca, es que hacerse mayor es muy poco higiénico.

Los niños se manchan con la comida

Niño come se mancha

Mi pequeña no es muy comilona, pero disfruta con la comida; no comiéndosela, sino con ella en las manos. Hace ya bastantes meses que empezó a masticar los mismos minúsculos pedacitos de jamón que llevan esparcidos por los rincones más ocultos de mi cocina. Y ahí está mi debate: la niña quiere llevar las riendas de la alimentación y la madre quiere mantener su hogar medianamente decente.

Todo empezó con las primeras pruebas de masticación. Daba igual lo que hubiera en el plato, no importaba con cuánto esmero y ternura habías troceado la pechuga de pavo hasta convertirla en diminutos granitos, lo mismo era el arroz que el pescado desmenuzadito… el plato era un festín. Las manos, el pelo, el pijama de la criatura lleva impregnado el menú completo, tanto que está lista para bañarse otra vez. Pero es que la secadora, las baldosas de la pared, los recovecos de la trona y hasta la cafetera se han rebozado de todo tipo de alimentos.

Luego vino la historia con el agua. Madre mía, en qué momento la enseñamos a beber. Con el biberón ni olía el agua, pero desde que cogió su vasito de asas, no hay día que no se la eche encima. Eso sí, se le ve la cara de placer cuando se le sale el agua fresquita de la boca, qué rica pero qué peligrosa en invierno, sobre todo cuando se resbala por el cuello y le empapa el body entero que tienes que cambiarle cuando estaba a punto de irse a dormir.

Y lo más reciente es el tema de la cuchara y el yogur. Aunque parece diestra, la cuchara la coge con la mano izquierda y la lleva bien cargada intentando acertar en su boca pequeñita. Yo veo el proceso, como a cámara lenta: cómo el grueso de la carga de la cuchara se va derramando despacio, con tan mala suerte que acierta a caer sobre las patas de la trona para terminar en el suelo, no sin antes haber dejado huella en el jersey de la niña y, a menudo, en el de la madre.

Yo estoy valorando colocarme una escafandra a la hora de comer y así ponerme a salvo de los ataques comestibles de Ane, que cada vez tiene deseos más desaforados de utilizar todos los utensilios de la cocina, cuchillos incluidos. El caso es que me doy por vencida. Con lo mona que iba mi niña cuando no bebía ni una gota de agua y su mamá le daba la merienda y la cena sin manchar ni el babero. Habrá que sacrificarse por el bien de la causa, comprar en abundancia jabón de lavadora y dejarla experimentar, aunque tenga que venir detrás la vaporeta a solucionar el desaguisado. Qué sucio es hacerse mayor…

Belén Galletero, periodista  

Belén Galletero
Blog Mamás en la Red
Colaboradora de GuiaInfantil.com 

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