¿Cuándo un niño es bruto o es pendenciero?

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A veces, no distinguimos entre el niño bruto y el niño pendenciero o agresivo. Entendemos por niño bruto aquel tiende a jugar con los amigos con mucho contacto físico, casi atolondradamente, sin percatarse de posibles peligros, aquellos niños (normalmente, varones) a los que las "luchas", las carreras o competiciones son un juego más o aquellos que, por no controlar bien su cuerpo, tratan torpemente a sus compañeros de juego.

Los juegos brutos de los niños varones

La conducta agresiva y bruta de algunos niños

Realmente, me admiro con los juegos de muchos niños varones, se tiran en la arena del parque, mientras intentan inmovilizar al compañero o se persiguen acaloradamente sin ningún objetivo claro, el pilla-pilla es un juego divertidísimo para ellos, corren y corren, pero a veces la frenada acarrea algunos disgustos o encontronazos. Vivamente, escuchamos a una mamá decir: “¡pero qué brutos son! Este comportamiento es normal y esperable en muchos niños, pero lo que ya no es normal ni aceptable es el niño que busca la pelea constantemente, que físicamente intentan imponerse a sus compañeros y que se sienten victoriosos ante un enfrentamiento físico.

Aunque ser bruto puede tener repercusiones en el trato con los demás niños, éstos no muestran agresividad o disgusto en sus relaciones con los demás. Por el contrario, el niño pendenciero es aquel que busca sobresalir ante los demás mediante una conducta agresiva e intimidatoria.En estos casos, estamos contemplando el primer germen de una conducta agresiva a la que tendremos que poner freno cuanto antes.

Se ha demostrado que muchos niños que muestran estos síntomas agresivos a edades tempranas, tienden a continuar dicho comportamiento de “de superioridad física” cuando son mayores y además son más propensos a imitar conductas violentas con los demás. Muchas veces estos niños peleones muestran esta conducta alterada por problemas emocionales: depresiones, celos, inseguridad, impulsividad, falta de límites..., o por imitación de conductas aprendidas a través de la televisión o ambientes familiares o entornos problemáticos.

Hay que reprender al niño o al bebé ante el primer asomo de conductas agresivas como golpear, morder o empujar para frenarlas y ponerles fin cuanto antes (pero, no debemos intentar parar la violencia con violencia de nuestra parte). Si fuera necesario, cuando no entendemos bien la causa que lo produce, debemos pedir ayuda psicológica por si el pequeño precisara de un diagnóstico o tratamiento fuera de nuestro ámbito de nuestro conocimiento o acción.

Patro Gabaldón. Redactora

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