Por qué alejar a los niños del plomo

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"¡Es un plomo!" Con esa frase la vecina sentenció a un niño que no paraba de atormentar a sus padres. "¿Venenoso?", le preguntó mi amiga, maestra de química de nivel medio. "No, pesado", le respondió. "Pues el plomo debería conocerse más por su efecto perjudicial sobre la salud que por su peso específico", enfatizó.

Al principio la vecina no entendió de qué iba la conversación, pero mi amiga aprovechó el filón didáctico para comentar que el plomo es una neurotoxina que puede afectar el cerebro y los nervios ocasionando trastornos en el aprendizaje, problemas de audición, retraso del crecimiento y malestares digestivos como dolores abdominales, estreñimiento, vómitos, disminución del apetito y pérdida de peso. Otros de los síntomas de envenenamiento por plomo en niños pueden ser la pérdida de memoria, dificultad para entender instrucciones, hiperactividad, agresividad, reducción de la coordinación ojo-mano, y anemia.

Los niños y el plomo

Aunque la investigación científica avanza en este sentido, todavía hay mucha gente que desconoce los perjuicios que ocasiona este pesado metal, especialmente en los niños. El plomo es uno de los compañeros más frecuentes en nuestro cotidiano, es uno de los ingredientes imprescindibles de varios productos como la pintura de paredes y juguetes, o el césped artificial empleado en guarderías y campos deportivos, por citar solo dos de los ejemplos más extendidos. También se han descubierto preocupantes cantidades de plomo y otros tóxicos en los baberos de vinilo, joyas de los niños, muebles de madera, y muchos otros productos. El riesgo de contaminación es mayor en los niños pequeños por la inmadurez de algunos de sus órganos, circunstancia propia de su edad; la mayor permeabilidad de su piel y porque tienen ese inevitable "mal hábito" de llevarse los objetos a la boca, y esta funciona como una vía de entrada del plomo que viaja en el polvo contaminado y también forma de pequeñas partículas a las vías digestivas y de ahí a la sangre. Un método efectivo para reducir las probabilidades de que sus hijos ingieran ese polvo contaminado es limpiar, diariamente, con paños húmedos, las superficies y objetos que ellos tocan mientras juegan y gatean, como el suelo, los zócalos y los marcos de las ventanas. También es práctico lavarse frecuentemente las manos y la cara —igual las de los niños—, especialmente antes de comer, y mantener el chupete y los juguetes limpios. Los médicos aseguran que los niños sanos, que llevan una dieta rica en hierro, calcio y baja en grasa, suelen absorber menos el plomo; por lo que la ingesta de huevos, carnes, frijoles y vegetales se convierte en otra de las medidas preventivas si bien no es un tratamiento para cuando el mal está instaurado. Rosa Mañas. Redactora.

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