¡Qué yo no soy tu amigo, soy tu padre!

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Siempre me he sentido una persona privilegiada por los maravillosos padres que tengo. De pequeña, no entendía como los padres de algunas amigas mías las trataban con tanto autoritarismo, con tanta distancia y frialdad. Mis padres eran primero padres, pero unos padres accesibles, cariñosos, comprensibles, y amigos.

Y así lo son hasta hoy. Desde luego, la perfección no existe, pero creo que lo que se hace con amor siempre acaba dando buenos frutos. A través del foro de GuiaInfantil.com me llegó hoy un relato muy curioso e interesante, de un padre orgulloso de ser amigo de sus hijos. Lo reproduzco porque creo que vale la pena leerlo.

Los padres, ¿pueden ser amigos de sus hijos? 

Padre besa a bebé

¡Qué yo no soy tu amigo, soy tu padre! Pues la verdad que me hubiera encantado que así fuera. Pero no, cuando yo era pequeño o adolescente los padres no eran amigos de sus hijos, más bien eran los gobernantes de la vida de sus hijos. No hablo de cambiar autoritarismo por permisismo, sabemos de lo nocivo que resultan los extremos. Digo que el respeto que uno podía sentir por sus padres muchas veces se emparentaba con el miedo o la desconfianza.

He leído a varios especialistas que confirman que los niños que aprenden a mentir a una temprana edad son aquellos que viven bajo el temor del castigo, sin embargo, para los padres autoritarios esos críos son unos sencillos mentirosos, y se preguntan de dónde habrá aprendido a mentir el mocoso, o se asombran de lo rápido que aprende todo lo malo el pequeño farsante, y que sólo una buena paliza les enseñará el camino, cumpliendo a la perfección su penoso papel de Pilatos.

Pocas personas conocí que contaran con padres amigables, y muchos de esos padres sólo fingían ser afables y comprensivos cuando la casa estaba invadida de otros diablitos amigos y cuando todos se retiraban volvían a ejercer el derecho abusivo que la propiedad privada les concede. Sé muy bien que con esto que digo voy a vulnerar la sensibilidad de muchos que estarán en desacuerdo porque les costará reconocer que existan padres así, pero existen, todavía existen.

Estoy cansado de ver y escuchar a padres que se llenan la boca en público hablando del amor que tienen por sus hijos y en privado reaparece en escena la madre o el padre represor que se oculta detrás de la fachada de familia perfecta. Recordar frases del tipo "yo, que he dejado o he hecho todo por vos" o "a tú madre le dices eso…" contribuyen con mi triste mi reflexión. Nunca creí en el tópico del reflejo, creo que esa mediocre hipótesis la inventaron los padres opresores. No es imperativo parecerse a los padres y tampoco es cierto que estemos condenados a recibir la cruel herencia de la similitud sanguínea. Es más, estoy decidido y orgulloso en formar parte de ese conjunto de padres dispuestos a revertir la conducta autoritaria de nuestros progenitores. Saber cómo están, qué les pasa, qué los angustia, comprenderlos aunque me suponga demasiado esfuerzo y valorarlos tal cual son, es una cruzada que sólo pretende ser como los padres que quise tener.

Obviamente, no soy y jamás lograré ser el padre perfecto, pero saber esto por boca de mis hijas y que eso no plantee estamparle una bofetada o castigarla por la el reproche ya me convierte en un padre eficaz para escuchar y aceptar que hay algo que no estoy haciendo bien. 

Relato del blog de Manuel Diaz 

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